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El 12 de octubre pasado llegó a nuestra redacción el primer registro de ejecución de instrucciones eva.gov
Publicamos aquí su contenido íntegro.
Día 1
Creo que encontré a mi acompañante ciega responsable.
Inicio este diario antes de tener la confirmación de su parte, pero creo en el poder de la palabra escrita y espero influenciarla de algún modo positivo iniciando este diario aquí. Quedamos en que hablamos mañana.
Tengo muchas ganas que diga que sí. Tiene una voz tersa de contralto que me hizo hasta dudar de si en verdad es ciega. Tiene una cadencia pausada y divertida para hablar, nada cortante ni nerviosa, como las demás ciegas con las que hablé. Además no está en ninguna institución y no tiene fetiches con el arte. Es perfecta.
Le conté quien era mintiendo, tratando de parecer un artista serio. Tuve que hablar un poco sobre arte contemporáneo y performance. Me tuve que esforzar un poco porque se ve que algo sabe, pero al mismo tiempo intuí que si exageraba el papel la perdería.
Le propuse leerle las instrucciones y noté que la persona que había atendido el teléfono (la que resulto ser su prima) se arrimaba al tubo para escuchar.
Cuando terminé, agregué que su nombre nunca aparecería y no habría imágenes que pudieran identificarla. Me quedé callado y esperé. Esperé bastante. Esperé que me colgaran. Esperé una pregunta sobre el sentido de todo. Pero no. Por fin me preguntó si yo no sería uno de esos artistas que usan a las personas como objetos y se aprovechan de los demás.
Contesté apurado que mi nombre tampoco iba a aparecer por ningún lado. “Ah, bueno” me contestó María, y me di cuenta que se estaba riendo de mi. Hecho un bicho, con alma de vendedor de seguros, le dije que si le parecía bien, la llamaba mañana para que lo pensara bien y nos despedimos.
Ya le escribí a Leticia (la que encontró las instrucciones y se acordó de mi) pidiéndole que ocupara el puesto de monitoreo en la torre de las telecomunicaciones. Dijo que sí.
Me voy a dormir en un rezo.
Día 2
Fue difícil, pero lo conseguí. Quedamos para el miércoles que viene. Hubo que hacer una concesión importante a su prima y cuidadora, que estaba muy asustada y no entendía el sentido de semejante excursión. Finalmente acordamos que nos acompañaría como observadora, sin participar. María (porque a mi lazarillo le puse María, y ella estuvo de acuerdo) se lo está tomando bien y defendió la idea con inteligencia. Es evidente que es la que manda en esa casa. Una casa que imagino con olor a cera, pisos de parqué y altas bibliotecas. Todo acorde con el número de teléfono que corresponde a la zona del Prado de Montevideo. Estoy muy feliz.
Mi actividad cerebral se intensifica notablemente. Ayer dormí profundamente casi diez horas. Soñé en inglés, cosa que nunca. Desperté sabiendo, solo por el recuerdo de su voz, que María conoce de primera mano la biblia y Platón. Ahora sé que son cosas que se puede saber de la gente por la forma de hablar. Pensé en proponerle a la prima que participara llevándonos con correas atadas al cuello, o llevarla nosotros a ella del mismo modo. Imaginé que en lugar de la prima (o la prima bien producida para el caso)la que nos llevaba como perros o esclavos por una correa del cuello, podría ser una prostituta pintarrajeada en lencería erótica. Todo esto me lo callé, y después de todo no sé si es una buena idea. Tengo que refrenarme.
Empiezo a vislumbrar con mayor claridad las dificultades a las que nos enfrentamos. Me viene miedo por primera vez.
Día 3
Todo en orden.
Leticia estará en la torre a las 8am con los dos celulares bien cargados.
Los dos celulares para nosotros dos los tengo cargando ahora.
Practiqué para atender con los dos con los ojos cerrados, un nokia phone y un lg one touch. Durante el viaje en ómnibus vamos a apagar por 35 minutos para ahorrar batería y datos. Leticia volverá a llamar.
Con María y su prima nos encontramos en Río Branco, en el 268 de las 8:36am. Yo llegaré temprano y reservaré el lugar del primer asiento. Allí me vendaré los ojos y esperaré que María se siente a mi lado. Me tiene que reconocer por la manzana que le voy a poner en la falda cuando esté sentada. Tengo que decir “va!” y ponérsela en la falda donde tengo que encontrar sus manos abiertas esperando. Por su parte ella al subir preguntará bien fuerte al chofer si la deja en Casarino y si le puede avisar en el Km4.300 de camino del andaluz, en el almacén de Melo.
Tal vez no esté mal que venga la prima. La única cagada sería que se meta demasiado y arruine todo. Pero ya está advertida. Solo en caso de peligro real o de extravío absoluto y sin esperanza. Sino callada. Si hay tropiezo y caída, aún con sangre, nos levantamos y seguimos.
No dejo de imaginarme a María vestida como Marosa. No me animé a pedirle que se pintara los labios.
Son las 9 de la noche y me voy a dormir. Quiero ver el amanecer y no poner despertador.
Día 4 y final.
Hoy no es el día en que fuimos.
Fue hace exactamente 3 días.
Estamos todos bien, aunque un poco silenciosos.
Hoy me despertó mi viejo golpeando la ventana (él vive en el fondo).
Estaba enojado porque se tuvo que levantar a recibir un paquete de dhl.
Igual se quedó a ver lo que era porque no es común que nos lleguen paquetes, y menos por dhl.
Era un globo terráqueo en braille, con los continentes hechos de chapas de bronce y la esfera de madera pulida en verde esmeralda avejentado. Una belleza, y una emoción terrible cuando lo ví.
La verdad que quedamos todos medio cortados después del viaje, como que nadie se animaba a decir nada. Este regalo de María fue lo mejor. Me lo llevé a la cama y me quedé como una hora acariciándolo con los ojos cerrados. Tendré que aprender braille?
Cuando doblamos la esquina y enfilamos hacia el desguazadero todo se calló. Se calló Leticia y nos callamos nosotros, y de algún modo los ruidos se callaron también, como si fuesen solo presencia, como si fuesen objetos callados hechos solo de ruido. Las voces de los niños, la moto que pasó, los perros, el viento, nuestros pasos en el camino. Todos los ruidos seguían allí pero callados, mostrando el silencio que hay detrás de todo. No sé si me puedo explicar.
Pasamos frente al kiosko sin nombre donde siempre hay niños atendiendo. Pasamos por el único verdadero rancho de chapa del barrio con la única familia de negros. Oímos a la negrita panzona, desdentada y mugrienta, preguntar “Qué le pasó al señor?”. Pasamos frente a la casa de los perros, impertérritos en nuestra oscuridad, calladísimos. Y yo pude ver la imagen que había guardado de todas esas cosas en mi imaginación, y vi que eran muchísimo más nítidas que la misma realidad.






